Anfitriones de una derrota infinita. Joaquín Juan Penalva.
Huerga y Fierro 2015

ANFITRIONES DE UNA DERROTA INFINITA
Todas las derrotas son la misma derrota, ya sea
en la pantalla ya en la pared encalada de cualquier biografía.
Todas las guerras son la misma guerra: búsqueda
y fracaso, duelo y muerte, cobardía y
valor. No hacen falta uniforme de héroe, fanfarria bélica, escuadrones
marciales. Con la épica mínima de unos versos se traduce en palabras el
vaho de una existencia, se da cuerpo a la niebla, se desgrana la soledad.
Y es que la literatura, en general todas las artes por menospreciadas que se
vean, ha tenido siempre esa capacidad de trascender lo evidente, lo más
rastrero de la realidad. Si para Schopenhauer era mediante el conocimiento: “mi
vida en el mundo real es un brebaje agridulce. Consiste, como mi existencia en general,
en una constante adquisición de conocimiento, una continua ganancia de
comprensión que concierne a ese mundo real y a mi relación con él. El contenido
de tal conocimiento es triste y desalentador, pero la forma del conocimiento en
general, el ganar en comprensión, el penetrar en la verdad resulta
satisfactorio y, de un modo extraño, viene a entremezclar su dulzura con aquel
amargor”, para el poeta esa trascendencia se consigue mediante brebajes no menos agridulces:
la memoria, la evocación nostálgica o furiosa, la verdad revelada, la
combinación sabia de exterior y entresijos, de imágenes ajenas y quisicosas
íntimas, musa amasada con sueño y certezas. Y cualquier birlibirloque,
espontáneo o previsto, hace destellar el flash y enmagdalena los recuerdos
hasta que, un día como tantos, acaso cierta música, o los pasos perdidos que nos colocan
frente a aquel cine donde se pasaban las horas, o la reposición de una película
con dopamina en vena, llevan ese ubi sunt?
a la casa vacía de los años cumplidos, a la casa poblada de fantasmas, a los
sucesivos unos de uno mismo. Y el telón se descorre.
(...) pero ¿dónde están los Casablanca,
los cursos de doctorado,
las tardes de cine,
los paseos por la feria,
nuestra vida de entonces?
Están, ahora lo sé,
en un patio de butacas
imaginario,
en un tiempo
muerto,
en aquellos momentos
felices.
La casa de palabras de Joaquín Juan Penalva
está poblada de imágenes en blanco y negro y recortes de fotogramas, celuloide
ajado que se proyecta una y otra vez sobre el lienzo de las tardes,
interminables tardes de lumbre y tiempo que dejan el yo a un lado y cobran vida
y voces y podrihabersidos.
Pero también la realidad es invitada a
cenar de vez en cuando. Y asistimos entonces al difícil matrimonio entre dos
ficciones igualmente poderosas: la que creemos cierta y vive así con este engaño
mandando, disponiendo y gobernando y aquella a la que, a fuerza
de repetirla, acabamos por conferir huesos, alma, razón. Razón de experiencias,
razón re-creada ojos adentro, donde toma forma lo que hubiéramos querido ser y
es un ya para nunca arrinconado.
El poeta, como anfitrión, ha preparado el
convite. Su hospitalidad es forzada, pero ¿quién le puede cerrar la puerta en
las narices a la recalcitrante y humanísima vida?
El poeta es el hombre que camina solo, el
cronista de los cementerios de vagones arrumbados, el acomodador en un patio de
butacas imaginario y siempre testaferro de un fracaso que no acepta como suyo,
que es suma de los fracasos que jalonan el camino. Es jinete, piloto,
tripulante, anfitrión, náufrago, director de escena del gran teatro del mundo
que distribuye todos los papeles de la pérdida. Y acapara los más ruines,
aquellos que duelen más, para tener de qué escribir en el libro de escribir
derrotas infinitas, ese espejo en el que hacerse muecas con la camisa de fuerza
bien ceñida. Porque A veces/ el monólogo/ de un loco/ puede ser/ el camino
más directo/ hacia la verdad.
Todos, las películas no protagonizadas, los
héroes no asumidos, las princesas irredentas, los viajes hacia una Atlántida
soñada, son tinta de esta escritura, material para el canto o para el llanto,
el ancla de lo efímero.
Siempre quedará
otra batalla que perder.
Hacia esa derrota
pongo rumbo.
A lo que añado yo: No valen medias tintas, ha de ser/ la derrota infinita.
La que permita retirarse de la escena con el
honor intacto, con el orgullo del torero que gobierna su hambre y hace de
ellos, honor, derrota y hambre, invitación cabal a la poesía.
Pilar Blanco