martes, 12 de abril de 2016

Para hablar con los muertos



               






   Braganza
 Ediciones Eolas 2015

  Ya otros libros de cuentos de César Gavela (Ponferrada 1953), como El camino y otros pasos o el premiado Cuentos de amor y del norte, junto con el lirismo y belleza de su prosa, cuya aparente levedad no le impide ahondar en los aspectos más dramáticos de la existencia humana pero como quien juega, como quien restaña así el dolor de su propia herida, nos ofrecían esa característica singular del autor: su capacidad de adentrarse en un territorio donde rara vez se perfilan los límites entre lo real y lo imaginario, la vida y la muerte, entre el hálito perceptible y aquel que cobra forma desde la memoria o la obsesión de los todavía vivos.
  Braganza no es una excepción. Sus páginas vuelven a ser inventario de personajes que deambulan por un pálido país de fantasmas y propósitos inconclusos, donde los no muertos reinan y al tiempo que purgan deudas pendientes, condenas irredentas.
  Aunque no son de temer estos aparecidos melancólicos. Su mundo transcurre paralelo al que se vieron obligados a dejar, y zanganean cerca de quienes los conocieron en cuerpo mortal o sobre la sombra que ellos mismos habitaron y nutrieron de sangre roja de sentimiento, de carne y palpitar estremecidos; como si nadie les hubiera advertido del trance de su muerte, ese instante pequeño que no aciertan a comprender.
 Son hijos bienqueridos, amores que acaso sí pero al fin no, voces que vuelven o que nunca se fueron, arraigadas en un rincón de la conciencia y “del río seco donde nace el tiempo”. Víctimas del odio, la guerra y la sinrazón, figuras erráticas, locos tristes. O tristes sin locura, que es una forma mayor de la tristeza. Y también arrasados por el olvido, irresolutos, sombras vapuleadas  por el viento de la vida, sus náufragos eternos.
  O individuos anónimos hartos de una rutina que los aplana y sella. Y así la muerte, ajena o propia,  termina siendo el único gesto extraordinario de su existencia. Y así la imaginación transeúnte hace de cada uno personaje inmortal, masa fértil de cuentos.
  Aunque la redención por el amor, el humor y desde luego por la palabra, interviene en ocasiones para atenuar el  desconsuelo:
  “Quería eso.
  Vivir un amor de pasión, de entrega, de mutua indagación, de descubrir el mundo y el placer: sus fronteras más lejanas. Y unirse ahí, hacerse nuevos los dos amantes en ese ámbito de agua y luz. Que la vida fuera otra, la que era.”
 Solo entonces las fronteras caen y cualquiera puede alcanzar los lugares, los sueños que brotaban de los mapas entre los dedos de un niño, bajo los ojos con que, muchos años después, el niño toca la realidad y la recrea.
 Decía Cioran que hay que moverse sin tregua “para engañar a la melancolía, para evitar que esta se despierte, si es que alguna vez se adormece, en el momento en que, ojalá no, nos detengamos.”
  Y eso parece este libro. Un intento, no por delicado menos titánico, de sujetar las riendas de la melancolía y evadirse de su palabreo confundidor, de engañar con el vaivén de unas historias infinitas a ese venenoso impulso que arrastra a la inactividad, a la resignación que precede al silencio, “vida que no lo era”.
  “Fue entonces cuando su padre apareció al fondo del mundo, de la mañana y de ella misma. Con su avión caza del ejército nacional. Azucena llegó a distinguir su rostro dentro de la cabina. Su padre se había acercado tanto para que ella viese su gesto de ternura y de fiereza, todo junto. De vida que no lo era pero que hacía aquello. Volar.”
  Pero estos cuentos de Braganza son, sobre todo, memoria real transfigurada. Las historias y paisajes que se almacenan muy hondo, allí donde es necesario sumergirse cuando el presente tizna de insatisfacción el suceder cotidiano y todo resulta insuficiente, para sugerir desde el no saber del todo, pues, como apunta Rafael Chirbes en alguna de sus Hojas sueltas: “lo realmente desconocido no atrae, lo que atrae es lo intuido”. Y de intuiciones hablamos.
  Son la madre y las preguntas sin respuesta. Son Ponferrada y su Minero Siderúrgica de los antaños, y los viajantes por territorios míticos que se corresponden y no con el Bierzo, Galicia y sus finisterres, Asturias y León. Y es la estela de un Portugal escindido por la historia, pero enlazado aún por sentires y diócesis y rezos. Nada nuevo, pues los autores suelen ser escogidos por un paisaje íntimo y en cierto modo utópico que vuelve una y otra vez a erigirse en protagonista y timonel implacable de las evocaciones de la mente que crea.
  Y son, ya lo decía al principio, derivas de la vida frente a la muerte. Sin dramatismo, aceptada, porque “el hombre debe morir cuando él quiere. En la plenitud de su soberanía. Solo así somos los pequeños dioses que debemos ser.”
  Pues solo así se explican tantas cosas, tanto “fuego helado”. Un narrador de palabra exquisita transfigurándose en almas y vivos, en tejados y pájaros, en ayeres y olvido.
  En el aire, la patria de los muertos que dirigen el día.

   Pilar Blanco