sábado, 3 de febrero de 2018


 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Ese pino quebrado fue ambición de la luz, fue acaso la luz misma.
Savia y raíces colmaron su estatura que abrigaba los líquenes y detenía el viento
como la cima anciana se rodea de nubes
 
y golpea con su cincel de  lluvia.
Ha caído. Como cae aquí el agua en busca de un abajo;
 
como la hondura asoma su vértigo en las grietas deshondándose.

Ese pino es pasado, su idioma es ya granito,

pero la vida nueva desaloja el cadáver

con prisa, como arrastran las lágrimas toda señal de duelo

y abril germina la ceniza.

Otro árbol diminuto entreabre la garganta sobre la voz ahogada,

improvisa su brote, nada ha oído del miedo de nacer,

de la aventura que amanecer arriesga,

del aviso del fuego.

Todo lo que declina deja el camino hollado para la nueva huella.

Todo lo que ha perdido se construye al instante con la memoria intacta.

Este mismo horizonte de montañas, verdor y nieve antigua,

la caída del agua, ingrávida en su salto,

los matices del cielo, el pacto de los pájaros con la espuma

están desdibujándose para ser trazo nuevo

que abatirá también el hacha de los días,

la que todo derriba aun sin dictar sentencia.

Vida no, vida sí: no es nuevo este combate  irresoluble

entre la muerte y la doncella hermosa, pétalos carmesí sobre el albero.

El que gana, al perderlo, la belleza.

(poema inédito )

martes, 16 de enero de 2018

 HABLANDO CON LIBROS

Épica de raíles, de Verónica Aranda. Premio Internacional Miguel Hernández 2016. Editorial Devenir
Un cuerpo roza otro cuerpo con los dedos, mide su espina dorsal, vaguadas, cordilleras. Como un tren. Como un viaje hacia la irrealidad que fuera dibujando ese mapa interior con trazos de memoria y de paisaje. De La India a Lisboa, de Lisboa a la Tierra del Fuego o a las islas de lenguaje contradictorio donde se besa en español.

      En selvas bajo el monzón
      En vagones del hemisferio Sur
      En patios desconchados de La Habana

      En mausoleos febriles bajo la canícula

      En aldeas fantasma…

En un cuerpo que se multiplica en otro cuerpo para hacer del viaje su osamenta y su geografía, su cumbre, su valle hondo. Su destino de piedra acariciada por la lluvia.
Imágenes vibrantes, sensoriales, arrebatadas del calor de los sentidos, donde la luz se huele, la cúrcuma se pisa, el hielo se escribe con las manos, glaciar de azules; el té se teje; el desapego tiene lumbre; el mar se mece sobre un tigre dormido.

              Ningún indicio de palabra exacta.
              El centro del poema es como un pez
              aleteando en el estanque angosto.

Todo viaje se inicia y concluye con una despedida, acaso cientos.
Toda piel se cierra tras haber dejado su mensaje; se niega tras haber confirmado el sentido concreto de la vida.
Todo nombre tiene un último instante en que pronunciarse, en que beberse en la boca del otro.
Y pasa un nuevo tren con rastro de luces cobrizas, de olor a leña, de huertos escondidos y cimientos sonoros.
Sus piedras y sus campos por segar.

             Todo poema encierra
             una labor de duelo.

 Y es así. Abrir unas páginas dispuestos a dejarnos seducir y transportar. No hace falta equipaje ni las aduanas detendrán nuestro peregrinar. Solo la palabra de Verónica Aranda es suficiente para levantarnos. Nos secará la piel. Abrirá en las pupilas pupilas nuevas.

jueves, 4 de enero de 2018


 
 
 
 
 
 
 
 
Noche iluminada del cuerpo. Augusto Rodríguez, Amargord Editores 2017.
                                       El poeta es un cultivador de grietas.
                                       Fracturar la realidad aparente o esperar a que se agriete
                                       para captar lo que está más allá del simulacro.       
                                                                           Roberto Juarroz
 
Hay viajes por escenarios insólitos, abiertos como ventanas, de los que regresar cargados de imágenes, pequeños tesoros de aromas, sabores, ecos de voces extrañas y tan próximas, calidez y caricia desde todos los perfiles de la sensualidad. Y también hay viajes sin salir de las fronteras con las que nos marcaron y nos identifican: un nombre, un hogar, una patria.
Vueltas al mundo íntimo o por ochenta mundos pero en un solo, en un mudable cuerpo.

Este es el viaje que aborda Augusto Rodríguez (Guayaquil, 1979) en su nuevo poemario, Noche iluminada del cuerpo, donde se entremezclan desde el mismo título las sombraluces de la existencia: la insoportable fugacidad del cuerpo, asaeteado por el dolor y las pérdidas (recordemos su estremecedor recopilatorio El libro blanco –Chamán Ediciones 2016), en contraposición al sobrehumano afán de vuelo y trascendencia.). De semejante contraste nace este libro-cuchillo que hurga bajo la piel,  libro-incisiva noche que vierte su plomo en la herida de la luz.

¿Qué es un cuerpo?
¿Qué es un náufrago?
¿Qué es un ojo?
¿Qué es la muerte?

 Cruel, sucio, maloliente, apaleado, hundido, esperanzado libro.
…sexo, sexo, sexo…
Dolor que abruma, miedo que anula.

Cuerpos vivos, cuerpos ya muertos, cuerpos expuestos y en sutura, cuerpos gangrena, cuerpos con-contra otros cuerpos. Corporeidad: encarnación del grito (¿dónde la voz?), encarnación del alma (¿qué queda del cuchillo del instinto en las pieles?), encarnación de la soledad (¿quién acompaña el último suspiro?), del tiempo (¿y quién destruye qué?). Encarnaciones y descarnaduras por cuartos de hotel, hospitales, ataúdes, cementerios, escenarios contra los que se quiebran los icebergs del tiempo.
Cuerpos/manos, ojos, tobillos.
Cuerpos/úteros, lengua, uñas.

Penetrantes y penetrados cuerpos. Su historia aparece en esta noche iluminada como la enumeración de lo que son y de lo que ya no son, de aquello que tienen, han perdido, añoran, destruyen, recomponen, se niegan. Porque la carnalidad es una presencia y muchas ausencias. Porque su arcilla choca con las cosas, se moldea y define a partir de lo que la rodea. Y las sombras de su noche se disipan o crecen si hay lechos donde dormir o morir, si hay puentes y flores, dioses a los que adorar y vacíos que colmar y con los que colmarse. Como la vida misma, retratada en poemas que se construyen y avanzan mediante preguntas con que golpear la conciencia, con que desgarrar las costras superpuestas de la incertidumbre:
VI

¿Qué es un cuerpo que no respira?
¿es un cuerpo más feliz? ¿dónde está la alegría?
¿quién la escondió? ¿alguien se la robó?
los cuerpos yacen en camas, en frigoríficos
en camales, en cementerios
¿qué es cuerpo desmembrado?
¿ya no es un cuerpo?
una mano lejos de su cuerpo, quiere tocarme
¿qué quiere tocar? ¿mi mano?
                                               ¿mi pie?
                                                           ¿mi esperanza?

 Augusto Rodríguez ha construido este poemario desde las preguntas. Porque eso es un poeta, el que no sabe. También el que no sirve en un mundo de utilidades y anatematización de lo inútil. Y lo inútil es todo aquello sin precio ni límites, lo que no cabe en el diseño de un mercado implacable. Lo que era hasta hace bien poco la poesía.
Las preguntas penetran, perforan, hieren, excavan. Tierrasangre, barromuerte, realidad alanceada como un toro impasible o ciego de bravura. Solo las palabras parecen ofrecer un respiro a tanta asfixia.

Beberé de tus palabras
la luz de nuestro origen
la herida que en tus manos
nunca cicatrizará.

 De las preguntas se desprende cada hallazgo poético como esquirlas luminosas o grumos de sombra, estallidos que en el cosmos de la poesía son bengalas contra el miedo.

Saber adónde se va pero no cómo, pero no cuánto, pero raras veces con quién.

Diálogo de contrarios, es cierto. Pero desde la autenticidad y el desafío con que provocar al lector y entregarle la aguja de marear el caos.

Un barco a la deriva. Un camino en la altura. Un viento que no llega, esas son las preguntas.

 Las respuestas encienden, guían como como brújulas de voz, eternizan. Son vacío y quebradura frente a plenitud y reconstrucción.
Desde la contradicción de la vida/muerte todo se reasigna. Lo hermoso es efímero, la destrucción aniquila la belleza, las pieles son temblor y son coraza. Y el cuerpo vuelve a interrogarse y tiene miedo.

 Dónde está mi voz
-dijo un cuerpo-
dónde está mi lenguaje
mis palabras, mi lengua
y repitió solo
una y otra vez
tengo miedo.

 Su miedo es el de todos los que alguna vez han sentido la respiración de la muerte en la espalda, los que se han recreado en la propia vulnerabilidad.
Por ella avanza el libro en su itinerario desnortado, de “Cuerpo abierto” a “Cuerpo reservado”, a“Cuerpo público” hasta llegar finalmente a “Cuerpo cerrado”.

Avanzamos por un territorio cruzado por las balas, la trata, la violencia, la devastación, al que difícilmente llegan las palabras ni existe memoria de la belleza. Solo soñar alumbra.

Y el cuerpo, ¿como sinécdoque de qué? ¿Cuerpo ensimismado en su latido? ¿Vertido en el idioma que lo pronuncia? ¿Cuerpos fluyentes sin ánima o cuerpos amaestrados por un aliento caprichoso que terminará abandonándolos?

Al fin, la negación, el reino de los nuncas que solo se contrarresta con presente.

 II

Cuando alguien muere
-así sea un familiar o un desconocido-
mis ojos no lloran
me quedo en silencio
mirando el milagro de la muerte
hasta ver como el alma sale del cuerpo
-yo no digo nada-
para no asustar a los que lloran
lo que no saben es que su alma
ya viajó a otro lugar
siempre he creído
que la vida es destrucción
y un muerto es un hombre derrotado.

La derrota planea sobre todas las páginas de Noche iluminada del cuerpo; quizás sea esa su aueténtica noche mientras añora ser puro instante de luz. Pero, entretanto,  esa fragilidad, esa quebradura de la gloria de los cuerpos, tan inseparablemente vinculados a la alegría, esa apoteosis, el esplendor en la hierba, el ánima dando aliento a los pedazos.

Los cuerpos son presente (la infancia / es un país enterrado/ en el fondo de nuestra memoria…) que respira o que ofrece poco más que una lápida. Los muertos son presente con sus voces, ausentes que nos guardan un lugar en el cierto futuro. Y ya no serán ni pertenecerán. Habrán perdido pero, en su lugar, la trascendencia y un eterno Quevedo mas polvo enamorado invocando a un “tú” desde la misma consunción.

Cuando muera mi cuerpo
no le pertenecerá a la muerte o a mi Dios
el cuerpo que se pudre
ya no me pertenece, no soy yo
yo salí a la velocidad de la luz
como un astronauta a un viaje espacial
el cuerpo del ataúd es un impostor
un doble mío y será enterrado
varios metros bajo tierra
yo estaré mirando el mundo
desde el espacio
pero siempre estaré pensando en ti.

Pero, al final, ese presente terrible es el único alivio frente a la derrota que supone el futuro. Su viaje es el último viaje, sus promesas la trampa que ciega la mirada, pues nunca:

 Nunca tendremos los órganos tan sanos
nunca tendremos tantos cuerpos en la cama
nunca tendremos la esperanza ni los sueños
nunca tendremos la belleza
nunca escribiremos
nunca tendremos la edad ni los ojos iluminados
nunca tendremos los hijos
nunca tendremos el sol y la luna en cada mano
nunca tendremos esta piel
nunca tendremos los libros
nunca tendremos la salud y la fe
nunca seremos más hermosos que ahora.

Si Juarroz cultiva y se sumerge en las grietas, Augusto Rodríguez se mueve en ese margen en el que el dolor está a punto de trascenderse, de abandonar lazos físicos para enfrentarse a la última elección: regresar a la tierra y en su humus germinar, de nuevo hombre, o alzarse a ser espacio, luz que guía en la noche de allá abajo, partícula de la materia indestructible de aquello que llamamos universo.

Abismo y grieta también. Pero al tiempo la salvación a través del sacrificio porque, volviendo a Juarroz, El último paso, / la perfección del diálogo, / consiste en convertirse uno mismo en ausencia.

martes, 31 de octubre de 2017




Pérdida del ahí, Tomás Sánchez Santiago. Amargord Ediciones 2016
«El amanecer; la mañana; el mediodía y la noche, siempre los mismos; pero con la diferencia del aire. Allí, donde el aire cambia el color de las cosas; donde se ventila la vida como si fuera un murmullo; como si fuera un puro murmullo de la vida...
—Es cierto, Dorotea. Me mataron los murmullos.»    
                                                                                  Pedro Páramo.
 Puede que al escritor lo maten los murmullos, ciertamente. Los ajenos o propios, la campana de ruido que impide escuchar la melodía. Que destruye el abrazo tan blanco del silencio.
Y no queda más remedio que sumergirse en él; tomar aliento y saltar al vacío. Segar la voz. Enmudecer.
Tras la mudez, el albor del lenguaje. Pero antes un despojamiento cuyo itinerario  sigue el autor con discreción extrema, de sol en sol y lluvia en lluvia hasta que cuaja el fruto y alcanza su sazón.
La palabra es un fruto que arde en los labios aun antes de probarlo. Y no tiene estación, pero tampoco presente, solo capas de tiempo que ir arrancando hasta llegar al hueso. Nace de la distancia de su almíbar.
Por ejemplo
           Almíbar de la casa. -
 
La eterna evocación que transporta olores, recintos en penumbra, ecos que fueron y hoy retumban como la carcajada de un espectro. Huesos limados, roídos y todavía capaces de hacer caldo. Ojos de madre, voz de madre, lejanía de madre, “la masa madre”; la que enseña a nombrar al modo en que las postales enseñan la música del viaje.
Como en “Las cosas claras”: 
Presencias sumarísimas: la leche reventando como una barba blanca en la cazuela, la caída verdosa del aceite, el olor a contrariedad en la achicoria, la obscena liturgia de pelar las patatas, la fiebre de los ojos que arden como uñas por las afueras de tus manos.
Las manos actuando ahora hacia otra ganancia: la de las proporciones impecables.
Cosas claras de infancia. Tú entre todas.
O también
 
 
            Almíbar de los nombres.- 
 
El hombre se queda solo ante la palabra. Deja  atrás la geografía, deja el tiempo y los compañeros de viaje. Pues para oír la música exhausta del adentro hay que silenciar el exterior, la turbamulta ajena.
Saber nombrar es llevar el mundo girando sobre un dedo. Desdecirse es recuperar el manantial de la inocencia. Y entonces, renombrar:
Y tú te despachaste
en la mudez,
a ella te confiaste
por si salía de su raíz secreta
música y espesura
a la vez,
oscura melodía
que un día atravesaría los nombres 
sin mancharse.
“Vivir es caminar breve jornada” y nunca con el mismo equipaje. Es preciso ir arrojando dientes y anhelos,  cabello, uñas, cáscaras vacías, copos de llanto; sembrar un rastro de toses cuando la “intelijencia” que proporcionaba el nombre exacto de las cosas ha dejado paso al hastío del siempre perder.
Así he vivido por un tiempo: sin rabia y derrotado
por lenguajes de carrocería muerta. 
 
Además, 
 
           Almíbar del agua y lo verde.-
   La fruta está quieta. La fruta está ciega, es un perro tranquilo. Los frutos del otoño como lluvia negra buscando el consuelo del reloj: flores, frutas, huesos, la travesía de las estaciones como la que recorre la palabra del cauce al sumidero. Lenguaje vegetal, lenguaje de agua pero también animal, con palabras que mugen y braman y protestan; que crujen, crepitan como árboles y ríos, pámpanos, semillas, vainas, como el roce del viento. Palabras al azar de su vuelo o palabras disecadas que regresan por extraños conductos desde su abandono, desde el “ya no sé escribir”, tal como vuelven las hojas a proteger la desnudez del árbol. Ser desnudo aquel poeta que no encuentra su abrigo en el lenguaje, pues en su lengua amarga convergen claridad y penumbra, alba y anochecer, trayectos desde la iluminación al fracaso donde concluye toda escritura.
Y
          Almíbar de lo que volara.-
 
          Con el símbolo del pájaro la cuarta parte del libro, “Pájaros extremos”, adopta forma nueva y se desplaza a saltitos caprichosos, picotea y se aleja de imagen en imagen a seguir picoteando  cualquier salpicadura de evocación. Sin intentar un vuelo que apartaría al ave del poema del grano minúsculo  que es germen y alimento.
         Es el momento de abrir las troneras de la memoria para que el día alumbre con las distintas luces de sus horas, bajo las que juegan los “niños del verano” y desfallecen los pájaros. Uno de ellos, el más frágil, es el poeta mismo:
(…)imagínate mucho que el pájaro soy yo
uno de esos
a veces
me va faltando vuelo,
no entra ya fortaleza que sostenga el plumaje
y caigo, voy cayendo
por las barandillas desfallecidas
en estos días baratos
y sin amor, sin rodillas siquiera
donde apoyar la lástima     (…)
volando tan tan bajo…
 Los pájaros, de la noche o en llamas, extraviados y anunciadores de las estaciones, pájaros de vuelta de todas las vueltas, resortes de un pasado que se creía muerto y, sin embargo, brota en las esquinas de un arrepentimiento que desordena porque eso, el desorden, es lo que conforma la materia prima del poeta,
 Su
          Almíbar del dolor.-
 
   Todo sabor encuentra su complementario. En ocasiones el canto tiene garras para escarbar la tierra. Uñas rotas que rastrean el hueso, espinas que construyen cilicios que los años no consiguen despuntar.
Carne trizada, versos que supuran, memoria perforada para la que el poema hila sus vendas, 
como en “Página”: 
Son los muertos no apuntados: huesos llovidos durante setenta y cinco años y ropas atormentadas por los quisquillosos animales de las cunetas.
 O en “Amistad terminal”: Él no atendía a la punta de sus dientes sino a su herida propia.
 Y en “Perfectamente, perfectamente:  
…en medio de la nada hasta el hombre tranquilo que se mueve bajo la luz ácida de los antibióticos y bajo los números desanimados.
Y él duplica una palabra como para apretar contra sí mismo un dolor que no quiere que alcance a nadie más
“perfectamente, perfectamente”.
 En ocasiones el tiempo es largo, elástico, de pespunte interminable. Y la garganta intenta hablar aun atravesada por astillas del dolor de decir y su terca gramática:
 hace tiempo que he iniciado un regreso
y todo sabe a lo que sabe
una campana solo agitada por las obstinaciones.
 Cuando la voz naufraga hay que esperar con el verso apretado entre los dientes a que se recupere. Y entonces comprobarse,con la perplejidad de quien vuelve a escrutarse en el espejo y observa las líneas que la edad ha sembrado en su rostro; reconocer, más allá del azogue, al niño y al soñador, al diletante y al forjaquimeras que acaso no se había ido del todo.  Renacer de unas cenizas que nunca llegaron a sombra y nada.
Desde ese recuperado “ojo avizor”, el lenguaje despliega sus nuevos límites y retoma la labor de dar nombre a la incertidumbre, forma a lo nebuloso, ancla a lo que siempre se está yendo.
Para ello quizás sea necesaria la figura del poeta obstinado, aquel que, aunque en apariencia se pliega a los zarandeos de la adversidad y enarbola la bandera blanca, jamás deja de mantener una tenaz resistencia impremeditada. Y vuelve a levantarse, perdida ya la inocencia, azuzado por el descreimiento o el omnipresente dolor. Pues los años, que liman las aristas y son capaces de redondear la pìedra más hiriente, dan muchas veces agudeza al carácter y soltura a la voz, que no admite más cortapisas ni barrotes. Es la enseñanza de la derrota, la más alta fortaleza.
 Por último
        Almíbar de todo aquello.-
    Hay una poesía de la evocación que dota a los objetos de un poder que la efímera existencia del ser humano y sus afectos ha perdido. Y así, loza, anaqueles, estufas, sábanas, cucharas…cobran vida propia, encarnan, simbolizan.
De algún modo la muerte desempeña también su papel en el coro de voces que conforma este libro. La memoria no lucha contra ella sino que va apagando luces, clausurando habitaciones, sellando puertas. Pero deja una flor que es la palabra, capaz de conservar aquel latido que se detuvo para siempre con su aroma y su menguado color. Madre, amigos: José Diego, Campos Pámpano; los propios yoes sucesivos del poeta examinados con la lupa de la edad en un ejercicio de evocación sobria, sentida, sin nostalgia.
Cuatro años ya sin ti.
Desde entonces se han ido posando pájaros densos y frutas añadidas sobre el peso inseguro de tu nombre. Contrario al epitafio consabido, la levedad ha llegado a hacerse tierra. Transferencia espesa. Rumor que dio en cal porque nombrarte ya es fijarte a lo que importa, ponerte en pie sobre los pedestales donde aguantan, indemnes, las melodías sobrevenidas y los rostros necesarios. Ángel.
 Todo, al final, puede parecerse a todo.
 En los poemas de Tomás Sánchez Santiago los objetos se acoplan mansamente a sus opuestos, se ciñen o retuercen en busca de una imagen que provoque un destello, un rictus de reflexión o de sorpresa. Así, el quejido de la naturaleza es “como abotonar, con pena, una chaqueta”; los brochazos primeros del amanecer equivalen a “las palabras iniciales de un poema: borrones, ruidos, manchas…”; el crecimiento secreto de una niña “como la barba de los hombres”; las estaciones pasan “como bueyes desorientados” o giran “como las llaves en manos de los tímidos” o las horas de la noche que se suceden en vela son “la carne caliente de la noche empapelada por las espinas secas del insomnio”.
 Pérdida del ahí es un libro de pérdidas, ciertamente. De la voz y de muchas de las certezas con que salimos pertrechados al combate de la vida. Pero es también un libro de confirmaciones. Porque en él resiste y se nos regala todo lo que permanece y tambien lo que regresa cuando ya no se esperaba. Porque en él hay auténtica poesía y, en palabras del propio poeta, ¿Quién puede, quién, resistirse a esa belleza inexplicable?
Pilar Blanco, octubre 2017



sábado, 28 de octubre de 2017


                                           

 

 

 

 

 

 

 

Imagen: Madame Lolina

CASIPALABRAS PARA  JÓVENES POETAS
Bah, las palabras. Cómo llenan la boca con su sabor salobre. Cada una su sal. Cada uno su vómito, la rosa y el poema.
Donde vosotros decís “puto” yo digo desgarradura. Donde gritáis “joder”  yo grito asfixia, esa espina de rabia que crece en la garganta. Que forma la garganta con rayo que no cesa.

Vomitar el dolor, ¿quién no lo ha hecho?

Aquí tenéis sangre de Alejandra Pizarnik, desconsuelo líquido de Cesare Pavese, desamor palpitante de Idea Vilariño o de Alfonsina Storni, aliento suicidado de Silvia Plath, pasión en ascuas de Lorca o de Luis Cernuda, desesperación adicta de Poe, de Rimbaud, de Baudelaire, de Claudio Rodríguez; del Leopoldo María Panero despeñado en los abismos de la locura.
¿Creéis que inventáis las pérdidas o el anhelo que corta los sueños en su misma raíz?

Cada bofetada es al mismo tiempo la primera y el peso de todas las bofetadas que la realidad nos ha dado, que los amantes han dado, que han dado el fracaso y la impotencia. Con que nos van a seguir golpeando. Sus golpes son los acumulados siglo a siglo y arden como las pérdidas de Antonio Gamoneda, como la pira en que se consumió Dido y en que gritaron hasta la muerte los puros, los excluidos, los raros, los sodomitas, los transformados en escarabajos por obra de ojos ajenos y alienados. Por obra del miedo y la crueldad.
Donde vosotros gritáis se dan la mano todos los gritos, antiguos, actuales y los que aún no han empezado a derramar su lamento, a escupir su vesania, a beberse su láudano.

Crear es escupir, sí. Más lejos, más fuerte, más alto, más grito, ¡cómo duele el dolor, lo arrojo fuera de mí, larva que me devora y crece y crece!
Para templar la voz y aullar Aullidos Ginsberg.

Para encontrarla en mi voz. Solo así puedo ser yo.
¿Ser..?

SSSSSSerpiente que desliza sus preguntas ofidias,
de espinazo que interroga.

O no ser.
¿No ser?

Contradicción, Walt Whitman.
Parir a Hamlet cada vez que dudamos.

Quienes nacemos con la desgarradura, con la atracción del vértigo, somos animales literarios. Nos inscribimos en la ruta larguísima de catástrofe y tedio, ¡oh hastío de vivir!, ¡oh poetas malditos!
Escribimos.
En la ruta erizada de peligros, de minotauros y de argonautas, de asnos de oro y doncellas que cantan aferradas al arpa; en la ruta de arena y música callada, que ama y odia a Beatrices y Lesbias y Elisa, vida mía.
De cuervos, gatos negros, patas de mono, hojas de hierba y flores en cuyos pétalos tiembla el Mal.

Criaturas construidas con pedazos o caparazón, esclavas del pálpito de la sangre en la arteria, de la obsesión malsana, perseguidoras de ballenas blancas o islas con vahinés, desde los salones palaciegos o sobre la alfombra voladora de los tejados de París. Y sobre ellos Venecia, el inalcanzable Tadzio, la ruta hacia las Ítacas que solo abre la llave de la memoria. Y bajo ellas la carretera que atraviesa el Infierno hasta Comala y otras tierras baldías, siempre criatura extraña que sufre y se levanta y alcanza la gloria y vuela,
que avizora,

que altazora.
Poesía.

Puta poesía, también yo sé decirlo. Y no me gusta. Desgarrasía. Para insuflar aliento al cuerpo inanimado, brasas de agosto en los mismos pulmones de la asfixia, hebras de luz en medio de la noche oscura de la mente, en el amor oscuro, en el odio sombrío. En el desierto desolado donde aguardan los tártaros.
Donde yo
ya no yo.
Llama sobre el brocal, lengua, áspid.
En siemprellueve.

martes, 3 de octubre de 2017




Y entonces ¿cuán mujer

la que levanta sus dos manos al cielo y no sabe?

¿Cuánta mujer enhebra

la ventana y el tacto de cada amanecer que brota solo,

enhebra sola

tras la ventana oculta como un ojo vaciado?

¿Qué mujer no conoce el rosario de noches atesorando un fuego que se extingue,

soplándose los dedos como canicas muertas,

como huesos de taba que arrojar / adivinar su enigma?

El mundo es mundo es millones de racimos desiertos,

de racimos terribles que vierten vino agrio.

¿Qué mujer no conoce el lenguaje que embriaga la escritura,

la matriz del sarmiento calentando las vísceras

/dolor/

ave que entona su frenesí de trinos?

Y entonces
¿quién nos cerró la boca, el paladar diáfano donde todo nacía

e hizo corteza,

e hizo pan duro el verbo

que ya no canta, no,

que ya no canta?

 


sábado, 1 de julio de 2017


 

                                   EL MUNDO SE ENTREABRE

 
Después del sueño de los amaneceres sin pájaros, gime la luz.
Alucinación subterránea que vence el vértigo del papel en blanco,
que cuadricula sus ausencias,
que arbola de palabras y escrituras el bosque de la irrealidad.

Ven, luz. Abre esta alba de agua que corre por avenidas blancas. Luz.
Emoción que rasga las páginas sombrías, las dudas incrustadas en los labios, fruncidas en los labios.

Ven, luz altísima.
Con tus respuestas agrias, con tu prez de preguntas aterciopelándose.

Saldré del sueño ilesa, resucitada, re-escrita por ti.

                                    Ven,
                                   de ti misma
                                   afuérate.

 Mientras llueve. Cascada de meteoros sobre la piel ahogada.
Golondrinas sosteniendo la gravidez del cielo.

                                   Ver el cielo
                                   que azula la mirada,
                                   el recorte del cielo como celda,
                                   la lente con la que
                                   contemplarse,
                                   ser cielo, ser el único
                                   horizonte entrevisto.

 Llueve olvido. Lascas de barro y desmemoria. Muro infranqueable.
No hay ariete de recuerdos para abatir la lejanía,
la indiferencia,
la callada razón de sinrazones.
Olvido en el que fructifica el silencio.

Saber: distancia.
Des-saber: señal que se oculta desde su esencia misma.
 
Lo que en verdad perdura.