lunes, 1 de febrero de 2016

Luz de febrero



 Poner los pies en febrero, el erigido alcázar desde el que abarcar las cumbres y llanuras de la vida. El horizonte se despliega y a la vez contrae sus bordes, la infancia, la vejez. Ancha esta madurez irrefrenable de músculos reñidos, de mirada que se remansa y aniña, de paz en liza y batallas por culminar su “qué sé yo”.
  Cada paso que se da deja atrás los no dados. ¿Dónde lo que ha arrastrado el tiempo en tolvanera de besos y reproches? ¿Dónde y hacia dónde sino hacia un marmorir de espuma aún tibia, con la mirada alta, devanando las hebras de la corriente, absorta en lumbre y música?
  De grietas y rendijas brotan las malas hierbas. En rendijas y grietas anidan las arañas de saliva traslúcida, nido o celda donde hundir la memoria.
  Escucho. No hay sonido que pueda evitar que escuche: reptan los años, silban furiosos, se ciñen al cuerpo sus anillos.
  Y una se olvida, árbol de savia lenta,  de la insolencia de ramas y gorriones, del cantar de la luz a través de celosías verdes, de la necesidad de respirar


sábado, 16 de enero de 2016

Lazos del vuelo


 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Vuelo. No sabes con qué ojos contemplar lo que abajo te deslumbra.
Sol inverso, más alto tú que el cielo. Tu planear más libre.
El universo a un lado, como si no formaras parte de su equilibrio.
En tus manos  marionetas, el hilo que las tensa. En tu oído esa música.
A tu lengua no llegan ya la sal y la ceniza.

Y no sé con qué ojos vigilas la vida que está siendo. Que te ofrece el latido.
Pájaro que quemó sus alas,
que ahora es fuego.

 

jueves, 14 de enero de 2016

La derrota

Anfitriones de una derrota infinita. Joaquín Juan Penalva.
Huerga y Fierro 2015

ANFITRIONES DE UNA DERROTA INFINITA

  Todas las derrotas son la misma derrota, ya sea en la pantalla ya en la pared encalada de cualquier biografía.
  Todas las guerras son la misma guerra: búsqueda y fracaso, duelo y muerte, cobardía  y valor. No hacen falta uniforme de héroe, fanfarria bélica, escuadrones marciales. Con la épica mínima de unos versos se traduce en palabras el vaho de una existencia, se da cuerpo a la niebla, se desgrana la soledad. Y es que la literatura, en general todas las artes por menospreciadas que se vean, ha tenido siempre esa capacidad de trascender lo evidente, lo más rastrero de la realidad. Si para Schopenhauer era mediante el conocimiento: “mi vida en el mundo real es un brebaje agridulce. Consiste, como mi existencia en general, en una constante adquisición de conocimiento, una continua ganancia de comprensión que concierne a ese mundo real y a mi relación con él. El contenido de tal conocimiento es triste y desalentador, pero la forma del conocimiento en general, el ganar en comprensión, el penetrar en la verdad resulta satisfactorio y, de un modo extraño, viene a entremezclar su dulzura con aquel amargor”, para el poeta esa trascendencia se consigue mediante brebajes no menos agridulces: la memoria, la evocación nostálgica o furiosa, la verdad revelada, la combinación sabia de exterior y entresijos, de imágenes ajenas y quisicosas íntimas, musa amasada con sueño y certezas. Y cualquier birlibirloque, espontáneo o previsto, hace destellar el flash y enmagdalena los recuerdos hasta que, un día como tantos, acaso cierta música, o los pasos perdidos que nos colocan frente a aquel cine donde se pasaban las horas, o la reposición de una película con dopamina en vena, llevan ese ubi sunt? a la casa vacía de los años cumplidos, a la casa poblada de fantasmas, a los sucesivos unos de uno mismo. Y el telón se descorre.

(...) pero ¿dónde están los Casablanca,
los cursos de doctorado,
las tardes de cine,
los paseos por la feria,
nuestra vida de entonces?

 Están, ahora lo sé,
en un patio de butacas
imaginario,
en un tiempo
muerto,
en aquellos momentos
felices.

  La casa de palabras de Joaquín Juan Penalva está poblada de imágenes en blanco y negro y recortes de fotogramas, celuloide ajado que se proyecta una y otra vez sobre el lienzo de las tardes, interminables tardes de lumbre y tiempo que dejan el yo a un lado y cobran vida y voces y podrihabersidos.
 Pero también la realidad es invitada a cenar de vez en cuando. Y asistimos entonces al difícil matrimonio entre dos ficciones igualmente poderosas: la que creemos cierta y  vive así con este engaño mandando, disponiendo y gobernando y aquella a la que, a fuerza de repetirla, acabamos por conferir huesos, alma, razón. Razón de experiencias, razón re-creada ojos adentro, donde toma forma lo que hubiéramos querido ser y es un ya para nunca arrinconado.
 El poeta, como anfitrión, ha preparado el convite. Su hospitalidad es forzada, pero ¿quién le puede cerrar la puerta en las narices a la recalcitrante y humanísima vida?
 El poeta es el hombre que camina solo, el cronista de los cementerios de vagones arrumbados, el acomodador en un patio de butacas imaginario y siempre testaferro de un fracaso que no acepta como suyo, que es suma de los fracasos que jalonan el camino. Es jinete, piloto, tripulante, anfitrión, náufrago, director de escena del gran teatro del mundo que distribuye todos los papeles de la pérdida. Y acapara los más ruines, aquellos que duelen más, para tener de qué escribir en el libro de escribir derrotas infinitas, ese espejo en el que hacerse muecas con la camisa de fuerza bien ceñida. Porque A veces/ el monólogo/ de un loco/ puede ser/ el camino más directo/ hacia la verdad.
   Todos, las películas no protagonizadas, los héroes no asumidos, las princesas irredentas, los viajes hacia una Atlántida soñada, son tinta de esta escritura, material para el canto o para el llanto, el ancla de lo efímero.

 Siempre quedará
 otra batalla que perder.
 Hacia esa derrota
 pongo rumbo.

A lo que añado yo:  No valen medias tintas, ha de ser/ la derrota infinita.

  La que permita retirarse de la escena con el honor intacto, con el orgullo del torero que gobierna su hambre y hace de ellos, honor, derrota y hambre, invitación cabal a la poesía.

Pilar Blanco

viernes, 18 de diciembre de 2015

DESPRENDIMIENTO



DESPRENDIMIENTO, UNA APROXIMACIÓN A LA VOZ DESPOJADA DE MARIANO SÁNCHEZ SOLER.
Mariano Sánchez Soler es autor de amplia trayectoria, templada en todos los fuegos y con un público fiel que le ha seguido a través de libros de investigación  histórica y periodística, relatos, novelas y ensayos, no en balde lleva casi cuarenta años empecinado en desnudar  la realidad con todo tipo de provocaciones, tanto para cantarla como para lamentar sus desconchones o hincarle el estilete de la crítica amarga. Pues nunca la injusticia ha dejado indiferente a un ángel tan fieramente humano, cuyo magro esqueleto ha cargado con armadura y baciyelmo, tizona y fusil ametrallador contra todo lo que ponía en pie de guerra su hambre de pie de paz.
   Con verso y en prosa, a cine o ingenio limpios y también negros, muy negros, ha ido Mariano despachando su obra hasta llegar después de varios años sin afrontar el género, a esta nueva entrega , en este caso poética, en la que se nos invita a recorrer un territorio de desencanto y desolación donde alienta el escalofrío dantesco: abandonad toda esperanza.
  El paso con que el hombre se aventura en este mundo titubea y cae, titubea y se afianza sobre desprendimiento y pérdidas. Así, un hecho físico y meramente circunstancial, un desprendimiento de retina hace ya algunos años, puede terminar siendo metáfora y anticipo del resto de la vida, mera antesala de otros despojamientos.

He señalado en el libro tres de esos posibles desprendimientos, que se corresponden con las tres partes en que el autor divide su poemario: PARA LOS QUE VIVEN, AMOR Y ADVERSIDAD Y QUÉ HACER.
I.- Desprendimiento: “Desinterés y desapego de las cosas materiales.”

Empezar un libro por el desenlace deja poco a la imaginación. Pero del mismo modo que estrenamos la película de la existencia sabiendo sobradamente cómo terminará, aquí se advierte sin dejar resquicios al autoengaño.
El poema “Desenlace”, cuyo pórtico es un verso de Cavafis: “y los persas terminarán pasando”, reconoce lo siguiente:

Y acabarán pasando,
alzaron su mentira
sobre nuestras cabezas
y sembraron el suelo
con alquitrán de sangre
hasta planchar la vida
para dejarla en nada.

 Pero incluso sabiéndolo, ¡qué prueba de inocencia ante una realidad con la máscara bien calada es ese querer salvar el mundo “frente a los malos”!, al parecer una de las misiones con las que el Capitán Sánchez se levanta cada mañana, a veces exultante y otras veces con el látex ajado. Porque a pesar de resistencias saguntinas y bravos mandobles quijotescos, los persas siempre terminan pasando. Los bárbaros, los poderosos, los desalmados. Parafraseando a García Calvo, “los que saben”.
Y es esa firmeza que planta cara al fracaso seguro lo que lo hace aún más humano, desde  la grandeza del perdedor ante la infamia y las traiciones:

Sé que no hay otro modo
de resultar humano,
por eso me detengo:
para ser el que soy
mientras vencen aquellos
que sumergen la vida
en un líquido infame…

  Dice Cioran: “en el transcurso de la vida las decepciones vuelven el mundo transparente, de suerte que “se ve” hasta el fondo aquello que hasta entonces solo habíamos logrado intuir muy vagamente.”
  Llega un momento en que la decepción y el miedo se apoderan del ánimo. La adrenalina combatiente es sustituida por la conciencia del peligro, por la lastimosa confirmación de que no hay remedio y toda huida concluye en la orilla de un mar hermético que frena los adelantes o los anega.
 
  No en vano leemos desde el principio palabras de desaliento –o acaso madurez- como fracaso, rémora,miedo, ilusiones ajadas, maltrechas, malheridas, fango, dolor, mástiles desolados, sudarios marchitos, arriar, arriar… con bien poco margen para el canto, para una celebración solo posible con la vista amputada, con la conciencia adormecida por el loto del conformismo o la renuncia.

  La metáfora de la vida como travesía, una travesía más que mítica que se sustenta en el niño que jugaba a ser héroe y conquistar lejanas tierras para hacerlas cercanas y de todos,  recorre poderosa los poemas de Mariano que ahora, abatido por galernas y naufragios, reconoce en varios de ellos:
      Ya no soy el pirata de la vida optimista / que combatió su miedo.

O: Nosotros, los jóvenes rebeldes
O: seguir en pie,
     combado sobre rocas
     afiladas de angustia
     y de cuchillos;”

 II. Desprendimiento: Largueza, desinterés, generosidad.
  Si la verdadera poesía no es más que, en palabras del  poeta y crítico José Luis Morante, “un acercamiento a la intimidad para poner sobre lo vivido un destello de luz”, aquí tenemos una preciosa muestra de ese destello que intenta disipar las irrefutables sombras de toda existencia. Que es consciente del dolor del mundo y por eso lo embrida mediante la palabra generosa que ofrece en comunión, única épica posible cuando se han perdido las demás batallas. Es, según el propio poeta: “tratar de iluminar la zona de sombra”, objetivo que anima no solo su obra poética sino, desde luego, también la de investigación detrás de la verdad de las mentiras. Aunque eso suponga:

apretar el dolor con los dientes
para desmenuzarlo, para tragar mejor
su arista amarga.

 El único antídoto contra el dolor lo inoculan los labios de quienes nos aman, lo esparcen las manos de quienes sostienen en las suyas la hebra transparente de la dicha. Y también de esa caricia hay mención, hay paisaje compartido con los lectores frente a la urgencia de desafiar el tiempo airado.
  Este es el reino acuático de los amables sedales de tus dedos, /las acuarelas dulces de tu abrazo/ que tanto necesito.

  De los : besos juguetes pasajeros, insaciables e incontables.
  De los labios como barcas a la deriva, de las manos como antorchas que querían quemar el mar…

Versos desbordantes de sensualidad y sales que hablan de quienes han sabido cortar la flor del instante mientras la nave va; de aquellos navegantes curtidos por travesías y cicatrices que, sin embargo, siguen luchando juntos, siempre en AHORA, como se evidencia en Declaración:
Aunque guardas
arrumbadas en un álbum
aquellas fotos
que contienen nuestro amor,
el pasado no existe;
se fue implacable
de nuestros corazones
hace ya mucho tiempo.
Amar es para hoy,
minuto tras minuto,
sin canciones ni adornos,
de ola en ola
cuando llega el naufragio,
y en cada nuevo beso
saber que nos tenemos.

 III. Desprendimiento: separación de lo que estaba unido.   Med. Separación de un órgano o de parte de él del lugar en que estaba.
Esta última parte del poemario vuelve al planteamiento: igual que la retina, cansada de ver tanto, se deslumbra en la no luz, cae del ojo como las hojas caen y con ellas los sueños; igual que se atropellan las imágenes aceleradas de nuestra vida mientras se van apagando, o eso puede llegar a  parecernos, cada uno de nuestros sentidos: voz-melodía-vista-roce-aroma; cada uno de nuestros entusiasmos, igual, decía:

se ha marchado el futuro
sin avisar siquiera.
  Y ya ni la ciudad que acogía y nombraba sigue siendo la misma. Su habitante feliz de antaño se ha convertido en “transeúnte vencido luchando contra el tiempo”, esa lucha perdida de antemano , pues el azul Alicante es, en su presente, más que nunca, Alacant blues.
  Afirmaba Mariano en una entrevista reciente que “escribiría desde el mismísimo infierno”. Pero quizás nunca pensó que ese infierno fuera el que traiciona la memoria y retrata en DESTELLO:

En mi lugar de infancia
que apenas sobrevive
al margen de mi tiempo,
mientras tan solo espera
que las excavadoras
urbanicen el mar.

 Esperanza y jarros gélidos, naufragio y mares desolados que se atraviesan a vela rasgada, y aun así, cuántos intentos por salir a flote, y aun así cuánto sentimiento de derrota, cómo uno es al fin hombre deshabitado de todo lo que fue, en su quimera de eternidad, carne y sangre de afectos, huesos de furia gloriosa y tan brevemente ardidos.
  Y el amor como leño de salvación y franela del consuelo,
  y la partida de lo más amado,
  y la melancolía que se combate a duras penas con un “¡enfréntate a la vida!” que es, a la postre, un ¡enfréntate a la muerte! “mirándola fijamente a los ojos”, como anuncia en TOMBSTONE:

Se me hace tarde ya, debo marcharme,
pero debéis saber
que me enfrenté a la vida
como en un duelo a muerte,
mirándola directamente a los ojos.

 Directamente a los ojos, sí.
Como miran los niños y los valientes.

Pilar Blanco

 

viernes, 6 de noviembre de 2015

Meditación sobre lo ya huido



Sin pasos. Con ausencia

 ¿Dónde, pues, el alma? ¿Dónde el grito escanciado
sobre un cristal de brillo quebradizo,
dónde la ofrenda de sangre para lavar la sangre?
Pido el temblor, la respuesta insoslayable
y rocías mis ojos con alud de palabras,
entonas la homilía del nosotros, del todos,
de una lucha
que no implica, que ya no deja heridos,
dolor de carne y hueso en la garganta.
No me vale el mañana, no arrastro hasta el presente lo que antaño fue flor,
lo que creció en los surcos y hoy son muertos de nadie en cunetas de invisibilidad y despedida,
en legajos de nadie,
muertos que no se lloran.

Muerta por lengua ajena, desahuciada de la morada amarga de otro pulso,
dejo aquí el abandono;
recojo aquí los pasos nunca dados, los añicos,
su constancia en la ruina.

viernes, 2 de octubre de 2015

Brújula para situar Ejes y Alcortas.

Ejes cardinales, de Carlos Alcorta


Dice Leopoldo Sánchez en su prólogo de la antología Ejes cardinales que la poesía de Carlos Alcorta es un aprendizaje de la mirada. Pues, en palabras del propio poeta, “quien aprende a mirar aprende a ser”, acaso como quien vive aprende a descubrirse en cada paso o tropiezo de la vida, ese viaje a ciegas y sombraluces.
Al final, desde el principio, todo es viaje. El viaje de las palabras como ariete y escudo del sentimiento a través de una historia repetida y distinta, la que mira hacia atrás con ira, aceptación o con nostalgia, la que se proyecta hacia un futuro imprevisible y no siempre deseado. ¡Ay, el poeta y su rémora de recuerdos levantiscos!
Al final, desde el principio, un yo se escudriña, encara a un tú polivalente y silencioso, se hiere en las aristas de la misma piedra de siempresufrir en su dolor narcótico. Da forma al día  su cotidianidad de calles y relojes, casa vacía-corazón vacío-esperanza vacía y futuro que “se sostiene en andamios quebradizos” y buenas intenciones, fe y esperanza que son, al cabo, “senderos de arenas movedizas” tan inevitables como letales.
Pero
“otra es la vida que comienza ahora”
Otra es siempre la vida que no hace sino empezar una y otra vez. En cuerpos distintos, en océanos nuevos y siemprelmismo, aferrando a manos desolladas los cabos del desamor, viajando en círculo alrededor de las tinieblas.
El circuito cerrado de una vida literaria se bate en frentes muy contados. Porque escribir es dejar testimonio. ¿De qué? De la infancia perdida, del amor, del abanico de abandonos y recuerdos; del cuerpo sucesivo que nos atrapa, de la aventura de escribir y buscar en la lectura semejantes eternos, de la necesidad de la mirada, que es llave del decir; la poesía como sistema para revisitar tiempos extintos, sea para añorarlos o para renegar de ellos. Y muchas veces también, como se ve en Corriente subterránea, para dejarse poseer por la voz de los artistas muertos. Así Octavio Paz, Torga, Oteiza, Antonio Machado, Doisneau, Virgilio… tantos como hayan suscitado la curiosidad lectora, la avidez observadora de la que se nutre sin máscaras el escritor.
En la voz de quiene escribe en la noche atravesado por la sed del náufrago y el vértigo del alpinista extraviado en la altura.
De quien siente que “la escritura es la trampa. Yo el señuelo.”
La escritura es la red y el poeta el pájaro atrapado en la trama que él mismo trenza.
Leer una antología que abarca la amplia peripecia poética de su autor supone una ruta arriesgada y gozosa. Como fue seguramente recopilarla para el poeta. Libro tras libro la mirada navega. Se detiene en una contemplación fruto de muchas miradas anteriores: la de la memoria perdida y traicionera, pero también traicionada tantas veces. La de un presente que mide su territorio con la vara embellecida de los recuerdos que incluso azucaran el dolor.
Una antología es un compendio de miradas. Nunca y siempre la misma. Aunque el horizonte que aguarda es el que nació con cada uno de nosotros, el camino ofrece diferentes paisajes. El caminante, sed nueva.
La presencia de lo verde, de lo húmedo. De lo azul y cambiante. De la violencia del tiempo y las espumas.
Los ojos del poeta zurcen pasado y hoy y todas las contradicciones que enturbian la conciencia del ser y hacen ramillete con las “negras flores de la nostalgia”.
El cuerpo se tiende a contemplar. Se deja ir, como se van las nubes en su deriva impensada. Como los sueños cruzan ante los ojos sin que lleguen las manos a atraparlos.
Contemplación de un alma que no tiene garras, que no tiene raíz, que es sargazo flotante sobre el mar.
Solo se salva uno desde adentro. Lo que permanece tras cada naufragio. La roca que moldean las tormentas.
Sí, la mirada, como la naturaleza, puede reconciliarse con el mundo. Y contemplar. La propia finitud nos enfrenta a lo perenne. La piedra, aun sin sentido, sigue anclada en ser piedra; el árbol que plantamos, cada vez más sólido y erguido mientras que la mano que lo sembró en la tierra está cada vez más cerca de ser tierra.
Preguntarse por el espacio, el peso que dejaremos en ella.
Lo breve, lo que se inclina.
Y aun así, sentir cómo el latido de la carne perpetuándose justifica el viaje. Mientras que la palabra reverdece la vida, es altura y canto contra el tiempo. A favor de la piel y lo sagrado.
El último libro antologado, el Ahora es la noche de 2012, reta al yo a la prueba del espejo para abordar su mirada frente a frente, para darle vuelo a una reflexión que necesita que la música suene de fondo para no distraer del ejercicio de ver. Que es explorar y aprehender.
Y la mirada sale al exterior y se nimba de pájaros y caballos. Los colores del día, lo próximo, y el aroma de lo lejano y salvaje, el cansancio mojado de la luz.
Con una coherencia en el decir que fluye sin estridencias, Ejes cardinales ofrece buena muestra del mundo poético y vital de su autor desde que se echó a andar con su morral de versos hace ya algunos años. Los suficientes para que se justifique esta visión compilada que tantos momentos de reflexión, complicidad y deslumbramiento produce en los lectores.