viernes, 20 de septiembre de 2019

Naranjas amargas


HABLANDO CON LIBROS


                       NARANJAS AMARGAS

La lengua rota. Raúl Quinto. La bella  Varsovia 2019.


Abrir un libro es entreabrir una puerta. Entras sin saber bien cómo vas a salir de él, intacta o conmocionada, vacía o con la conciencia impregnada de un polen que alimentará otros versos con deslumbrado reconocimiento de deuda. Como escribe Basilio Sánchez, hay libros que son fértiles, pero eso no lo sabes hasta que sales de ellos.
Quizás por miedo a semejante aventura tan poca gente lee.
Abrir un libro fértil es, por tanto, placer y desafío. El riesgo se multiplica cuando toca materias de prestigio espinoso: como escamas radiactivas, como baba letal que empapa cientos de cadáveres de poetas, un libro de amor es, por ejemplo, tentación y suicidio diabético para muchos.  Como lo es todo lo confesional donde se canten y cuenten los latidos.
Incluso un libro donde el amor y lo confesional apuntan a los otros, a los zarandeados por la injusticia, a los ecos dolientes de las miles de voces marcadas con el hierro del silencio. Escribirlo es, entonces, morder una naranja silvestre. Su zumo agrio servirá como tinta.
Hace falta valor. Hace falta conciencia. Hace falta talento para salir ileso, aunque sea con la lengua rota.
Pero las lenguas dicen, se empeñan en decir. Ese es su don y ese su compromiso. Como lo frágil, como lo tenaz, insisten hasta quebrarse. Los añicos seguirán pregonando su verdad blanca.
Acallarlas ha sido empeño constante de cualquier forma de poder. Y entonces gritan aún con más fuerza, su onda expansiva se multiplica.


La lengua está rota y ensucia el blanco rostro del poder.

                                    Y dice.


¿Cómo permitir que avance la tiniebla?

Como en el mito de la Creación, de esa tiniebla van naciendo los días, los mares, los bosques, el trinar de los pájaros, el latido del hombre.

Los mapas, las fronteras, las casas,

las paredes, las cárceles. Lo dentro y lo fuera.

Lo redondo, lo encogido sobre sí mismo para proteger el centro. Para urgir una llave que abra, una llave refugio:


Una llave de hielo. La palabra

“mío” enunciando su desorden,

su estrategia sin mí.

                                    Se derrite

la cerradura, y estás fuera.



Y dentro  nunca hubo nadie.



En todos los fuera hay dedos crispados sobre las alambradas, ojos que reclaman un horizonte nítido y sin barreras que atravesar

el horizonte es la línea por la que camino.

En todos los dentro hay un clamor de alas cercenadas. Y la libertad se construye con las plumas caídas, tan leves como poderosas.

Pájaros que no nombran el alambre.

Campesinos, libertadores de todos los continentes, mujeres golpeadas, moriscos expulsados de los umbrales de su infancia, sentenciados por la química voraz desde antes de nacer, activistas de cualquier libertad hechos jirones de piel maldita y sangre…


Ya es de noche en el centro de la luz.

Algo. Alguien. La casa

entera como un órgano palpitante,

respirando, diciendo:tú, vosotros,



Ellos. Toda esa química,

Todo ese frío.



¿Qué sentido tiene la poesía en ese discurso de la muerte, entre esa asamblea de muertos cuyas voces se mezclan hasta desbordar el aire, cuyos ecos tiemblan siempre en el filo de la extinción?



Un poema solo puede ser una mancha. Una mariposa de Rorschach con alas afiladas.


Un idioma siempre al borde de la extinción.



La historia es larga, largo su dolor. El poeta pone sus ojos como puntos de luz sobre algunas heridas, sabiendo que la mirada ajena, la memoria de todos puede mitigar la crueldad, permite que rebrote la luz desde las grietas, sutura su hendidura.

La carretera de Almería es un adelante sin retorno:



Hacia adelante, siempre. La carretera es una fosa común y hay que avanzar

entre los muertos

sobre los muertos

desde los muertos

avanzar contra la muerte

porque la muerte

y a pesar de la muerte

y siempre hacia adelante por si la vida. Hacia el lugar donde nace el sol. Apenas. Acaso. Para arder allí.


La carretera que conduce a la mutilación y el espanto es un viaje circular. Su meta es ninguna parte. 
También las víctimas de la Talidomida hallan cobijo en este libro balsámico sobre la crueldad.

Para que no regrese.

Para que no permanezca impune.

Ante la impunidad la poesía se alza y se desgarra. Cuando la justicia ha ido perdiendo letras hasta pronunciar vacío, grita la poesía su ley digna con una lengua herida que arroja sangre sobre el rostro de la maldad.


Lame la pantalla. Lame este papel. Lame tus ojos.

Y lame tu lengua”.


Para que también tú, nosotros, escupamos, escribamos; y la sangre sea múltiple y amiga; rastro de la verdad entre las hienas del odio.

Así este libro en el que Raúl Quinto es capaz de plantar cara a lo que duele, hacer visible lo que evitamos mirar y construir. Y es, al tiempo, alta poesía.

jueves, 29 de agosto de 2019






 
 
 
 
 
 
 
 
13 naufràgios (+1). Carlos Ramos. Edições Fantasma 2019.

El nuevo libro de Carlos Ramos, poeta y fotógrafo portugués de Peniche, lleva un nombre nada casual: 13 naufràgios  (+1), pues alude y evoca los días pasados en el consolidado festival Poesía para Náufragos de Cuenca, de la mano de su traductor, el poeta Miguel Ángel Curiel.
Pero, además, entre ese y otros mensajes del naufragio poético asoma un intenso diálogo entre el mar y los ríos que estrechan el corazón de Cuenca. El poeta  es capaz de conjugar ambos lenguajes líquidos, como pueden dos cuerpos acunarse, fundirse, ser agua unísona. Lo salado, lo dulce, lenguas de sabor distinto. Largas lenguas que dan forma al último beso, al “primer gato / que salta sobre los hombros de la / madrugada”  (o primeiro gato que salta sobre os ombros da madrugada).

De esa fusión brota la amistad del mismo modo que brota la poesía. Porque el poema es un lenguaje y muchos, pero es también un cuerpo. Como cuerpo, padece el abandono y la carne desamparada, goza la plenitud del abrazo, es un olvido y un encuentro; como lenguaje, se sabe  y se debe compartir.
El poema es también un naufragio: todo su horizonte es océano, la inabarcable sal.

Y cicatriz de agua. Con él se cierran las desgarraduras  que abre la vida. Las sella y cauteriza con dolor, restaura lo que fuimos, reanima. Anticipa en palabras los recovecos húmedos de donde ha de nacer el nuevo yo.
Y el poema
que es voz en movimiento

bate las rocas como las bate el mar.
Dice Carlos Ramos que “escribir para la oscuridad / es un oficio de luces” (escrever para a escuridão / é um oficio de luzes).
Dice el poeta Carlos Ramos que escribe con una máscara en el rostro, invisible, inaudible

Si así no fuese
todo ardería. (Si assim não fosse/ tudo arderia).

 Pero ¿puede el poeta moldear las cenizas y construir con ellas nuevas noches de lumbre, días de niebla luminosa?
El poeta sabe que su labor es escribir la noche para que arda. Y para ello debe, como la mariposa de Goethe, prenderse fuego, convertirse él mismo en la llama, agua en llamas.

El náufrago fundido con el sol.

jueves, 20 de junio de 2019


HABLANDO CON LIBROS.
Intervalo. Ricardo Virtanen. Premio de poesía "José Luis Hidalgo 2018. Libros del Aire.
Intervalo tiene nombre de espera, de tiempo entre paréntesis, del transcurrir de una vida a otra vida. Cerrar y abrir en el breve latido de unos poemas capaces, eso sí, de contener un mundo entre sus pétalos.
Intervalo son luces y contraluces. Memoria en sangre viva y también la ensoñación que anticipa lo que está por venir. Pues nada, ni el dolor ni la dicha, es para siempre. Pues todo, lo que se ve y lo que se anhela con la mano tendida, puede concluir en espejismo. Bien lo sabe Ricardo Virtanen. Bien lo sé yo mientras lo escribo.

Lo que apuramos ebrios de confianza será la mala digestión de una noche. Brinca lo cotidiano con vocación de eternidad. Todo es tan próximo que cabe en la palma de la mano, en el frágil equilibrio de un cabello al borde de romperse.
Los ojos se entrecierran en su ver / no ver.

En ese lapso nace un mundo. En este intervalo entre la desaparición y el renacimiento, cuyo propósito es “inventar de nuevo la belleza”.
Intervalo tiene nombre de espera. La espera tiene forma de manzana.
Mordedla:

UNA MANZANA
La espera se halla sobre nuestra mesa.
Fue ayer un día inútil.
Casi no lo recuerdo.
 
La prisa se reafirma frente a abril.
 
Compramos unas pocas lombrices en la tienda
Y esperamos, eternos, en las rocas.
 
 Anochecía.
La lata derramada, el ruido de un avión.
Pensabas en silencio: ¿por qué el cielo
Se arruga a estas horas de la tarde?
 
 No recuerdas palabra alguna,
Ni tampoco su rostro pensativo.
 
 La espera se halla sobre nuestra mesa,
ahora tiene forma de manzana.
 
 Llevo viéndola el día entero.
Mañana acaso no se encuentre aquí.

La mirada es redonda.
El ojo apenas ve

todo lo que las aguas han cubierto.


Ricardo Virtanen

sábado, 1 de septiembre de 2018

Miradas y fracturas

A veces me gustaría mirar de otro modo. Tener el don de la contemplación serena; ser capaz de apreciar el afán mínimo de las hormigas sobre la piel de una tarde de verano, de acompasar mi respiración con la de las hojas mecidas por la brisa. Ser parte consciente del todo de un universo que no necesita de mí. Para quien no soy nada.
Pero alguien roció mis ojos con alquitrán desde un momento inexacto de mi vida. Sopló en mi corazón desasosiego, hurgó en mi mente para que no repose, para que sienta el hueco, para que pinche en hueso al poco tiempo de sentarme al festín de los días.
Me gustaría mirar de otra manera, celebrar siempre, no amar tanto las grietas por donde huye la savia de la vida.


 














Para que te mirara, loca, frágil Ofelia
colgada de palabras empeñadas en vano,

colgada de tus trenzas

como lánguidas grúas que apuntalan las nubes.
Para que te mirara, dulce,

equivocada Ofelia,
desde un hogar sin horno para la ternura

donde las ocho letras de la venganza
solo claman venganza,

y las aves gimen inútilmente sobre una primavera florecida de escombros.
Para que te mirara, Ofelia la dulcísima,

quien ha vuelto los ojos a la profundidad de la propia locura
y no escucha el llanto de la inocente aldaba de la tarde,

y no siente en las sienes las campanas que redoblan a vida,

los golpes de la sangre que hacen arder la piel de las muchachas,
sed de espigas cuando el amor expande su epidemia

y recorre la urgencia de los tallos,
de los labios absortos en el beso.

Para que te mirara un mundo,
para que te mirara y no estar loca,

y no quedar varada eternamente,
eterna atravesada en el madero del olvido y el fango,

imagen muerta con el cielo en los ojos,
todo el vuelo del pájaro en los ojos, caudal de la tristeza.

Para que te mirara, Ofelia, niña,
como mira el que ama, apenas ciego.

domingo, 6 de mayo de 2018

 DE     
Vigía de tu paso, Chamán Ediciones, marzo de 2018.

                    















La palabra es el único pájaro
que puede ser igual a su ausencia.                                                                                       
                                   R. Juarroz
                                                                                Para Laura Giordani

Lo que no cuento
lo que no arde en palabras
y llama musgo al musgo y eclipse a los planetas en eclipse,
lo que yo no, ni nadie,
lo que no vuelvo músculo en mi lengua
no
existe.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

sábado, 3 de febrero de 2018


 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Ese pino quebrado fue ambición de la luz, fue acaso la luz misma.
Savia y raíces colmaron su estatura que abrigaba los líquenes y detenía el viento
como la cima anciana se rodea de nubes
 
y golpea con su cincel de  lluvia.
Ha caído. Como cae aquí el agua en busca de un abajo;
 
como la hondura asoma su vértigo en las grietas deshondándose.

Ese pino es pasado, su idioma es ya granito,

pero la vida nueva desaloja el cadáver

con prisa, como arrastran las lágrimas toda señal de duelo

y abril germina la ceniza.

Otro árbol diminuto entreabre la garganta sobre la voz ahogada,

improvisa su brote, nada ha oído del miedo de nacer,

de la aventura que amanecer arriesga,

del aviso del fuego.

Todo lo que declina deja el camino hollado para la nueva huella.

Todo lo que ha perdido se construye al instante con la memoria intacta.

Este mismo horizonte de montañas, verdor y nieve antigua,

la caída del agua, ingrávida en su salto,

los matices del cielo, el pacto de los pájaros con la espuma

están desdibujándose para ser trazo nuevo

que abatirá también el hacha de los días,

la que todo derriba aun sin dictar sentencia.

Vida no, vida sí: no es nuevo este combate  irresoluble

entre la muerte y la doncella hermosa, pétalos carmesí sobre el albero.

El que gana, al perderlo, la belleza.

(poema inédito )

martes, 16 de enero de 2018

 HABLANDO CON LIBROS

Épica de raíles, de Verónica Aranda. Premio Internacional Miguel Hernández 2016. Editorial Devenir
Un cuerpo roza otro cuerpo con los dedos, mide su espina dorsal, vaguadas, cordilleras. Como un tren. Como un viaje hacia la irrealidad que fuera dibujando ese mapa interior con trazos de memoria y de paisaje. De La India a Lisboa, de Lisboa a la Tierra del Fuego o a las islas de lenguaje contradictorio donde se besa en español.

      En selvas bajo el monzón
      En vagones del hemisferio Sur
      En patios desconchados de La Habana

      En mausoleos febriles bajo la canícula

      En aldeas fantasma…

En un cuerpo que se multiplica en otro cuerpo para hacer del viaje su osamenta y su geografía, su cumbre, su valle hondo. Su destino de piedra acariciada por la lluvia.
Imágenes vibrantes, sensoriales, arrebatadas del calor de los sentidos, donde la luz se huele, la cúrcuma se pisa, el hielo se escribe con las manos, glaciar de azules; el té se teje; el desapego tiene lumbre; el mar se mece sobre un tigre dormido.

              Ningún indicio de palabra exacta.
              El centro del poema es como un pez
              aleteando en el estanque angosto.

Todo viaje se inicia y concluye con una despedida, acaso cientos.
Toda piel se cierra tras haber dejado su mensaje; se niega tras haber confirmado el sentido concreto de la vida.
Todo nombre tiene un último instante en que pronunciarse, en que beberse en la boca del otro.
Y pasa un nuevo tren con rastro de luces cobrizas, de olor a leña, de huertos escondidos y cimientos sonoros.
Sus piedras y sus campos por segar.

             Todo poema encierra
             una labor de duelo.

 Y es así. Abrir unas páginas dispuestos a dejarnos seducir y transportar. No hace falta equipaje ni las aduanas detendrán nuestro peregrinar. Solo la palabra de Verónica Aranda es suficiente para levantarnos. Nos secará la piel. Abrirá en las pupilas pupilas nuevas.